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| María del Rosario Cayetana Fitz- James Stuart y de Silva Cayetana, Duquesa de Alba de Tormes. |
Como periodista, siempre me ha apasionado investigar a figuras influyentes, buscando especialmente a aquellas con quienes comparto una forma similar de pensar, actuar y percibir la vida.
Recuerdo con nostalgia cuando mi madre adquiría las famosas revistas Vanidades en la librería Avancari, propiedad de su amiga y excompañera de colegio, Rocío Segnini. Fue allí donde descubrí la historia de una mujer fascinante. Aunque nos separaba un abismo de títulos nobiliarios, nos unía una visión del mundo y una sensibilidad compartida: hablo de Cayetana, la mujer que rompió los moldes de la sociedad española.
Orígenes y contrastes
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| El Rey Alfonso XIII con su hija Cayetana |
María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y de Silva (1926-2014), la XVIII duquesa de Alba, fue una figura monumental de la nobleza. Sin embargo, detrás de los títulos, nuestras infancias marcaron la primera gran diferencia. Mientras yo tuve el privilegio de disfrutar una niñez plena, ella creció bajo la sombra de la enfermedad de su madre, María del Rosario de Silva y Gurtubay.
Cayetana nació en el Palacio de Liria, rodeada de intelectuales como Gregorio Marañón y Ortega y Gasset. Fue bautizada en el Palacio Real con una lista interminable de nombres, aunque ella siempre prefirió la sencillez de "Cayetana". Pero la opulencia no pudo evitar el trauma: debido a la tuberculosis de su madre, se le prohibía acercarse a ella, una distancia física y emocional que la marcó para siempre hasta la muerte de su progenitora en 1934.
La formación del carácter
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| Siempre rompió los moldes impuestos por la sociedad. |
Ambos compartimos una formación académica rigurosa bajo la tutela de religiosas; en mi caso, en las instituciones de María Auxiliadora y la Caridad de Santa Ana. Esa disciplina fue la que, años más tarde, forjaría nuestro carácter para enfrentar las misiones que la vida nos tenía preparadas.
La guerra también dejó su huella. En 1936, el inicio de la Guerra Civil Española obligó a Cayetana al exilio en Londres, donde consolidó una educación cosmopolita y políglota. De regreso en España, su juventud floreció entre el arte del Museo del Prado y sus primeros romances.
Curiosamente, en la primavera de 1943, mientras ella vivía un romance pasajero con el torero Pepe Luis Vázquez, yo también experimentaba en el colegio un amor de juventud. Aquel encuentro, que parecía efímero, terminó convirtiéndose en una parte esencial de mi historia de vida, marcando el inicio del gran amor que robó mi corazón.
El baile, el amor y la resiliencia
A ambos nos unió siempre el amor por el baile y la alegría de vivir. Cayetana, ya casada con Luis Martínez de Irujo, convirtió el reconstruido Palacio de Liria en un epicentro de arte y flamenco, aprendiendo de los mejores, como Pastora Imperio.
Sin embargo, la vida nos puso a prueba con la pérdida. Cuando su esposo Luis falleció en 1972 tras una dura batalla contra la leucemia, Cayetana tuvo que asumir las riendas de su casa y su legado. Fue en esos momentos de duelo donde ambos aprendimos que la verdadera fortaleza reside en la capacidad de seguir adelante y tomar decisiones determinantes a pesar del dolor.
Reflexión final
La Duquesa de Alba poseía una mirada a veces triste, pero siempre iluminada por las ganas de brillar y dar amor a los demás. Al final, Fabricio y ella compartimos un rasgo innegable: la resiliencia. A pesar de las dificultades y los moldes sociales, ambos supimos salir avantes y escribir nuestra propia crónica.




